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Vientos De Cambio

Cambio Climático

España en Llamas: Lo Que la Tecnología Emergente Puede y No Puede Apagar

Este verano, el cielo sobre buena parte de España y el suroeste de Francia ha adquirido un color que ya no sorprende a nadie.

Cayetano Gutiérrez

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Este verano, el cielo sobre buena parte de España y el suroeste de Francia ha adquirido un color que ya no sorprende a nadie. Un blanco sucio, casi metálico, que difumina el horizonte antes de que caiga la tarde. En Madrid, en León, en Cáceres, mirar hacia el oeste se ha convertido en un gesto cotidiano, casi involuntario, la misma comprobación que antes se hacía con el móvil para ver si iba a llover. Ahora se consulta el mapa de incendios como quien consulta la previsión meteorológica. Se revisa la dirección del viento antes de decidir si tender la ropa fuera. Se limpia el coche de ceniza por la mañana, sin sorpresa, casi por rutina.

Lo verdaderamente inquietante no es el humo en sí. Es la naturalidad con la que ya lo aceptamos. Hace unos años, un verano así habría sido una anomalía, algo de lo que se hablaría durante meses. Ahora es, simplemente, julio. Y esa normalización, ese acostumbramiento silencioso a algo que debería seguir pareciendo extraordinario, dice tanto sobre lo que está pasando como cualquier cifra que pueda ofrecerse a continuación.

El patrón detrás de los titulares

Porque las cifras, cuando se miran de cerca, son difíciles de ignorar. En Francia, el incendio de Gironda, cerca de Burdeos, se ha convertido en el mayor fuego forestal del país desde 1949, arrasando más de 40.000 hectáreas y obligando a evacuar a cientos de miles de personas. La región de Var, en el sureste francés, ha vivido su propia versión de la misma pesadilla. En España, los focos se han multiplicado casi simultáneamente: Madrid, León, Cáceres, con más de 200.000 hectáreas quemadas en lo que va de año, una cifra que se suma, no que sustituye, a las casi 400.000 hectáreas perdidas en 2025, un año que ya se contaba entre los peores de la última década.

Los científicos llevan tiempo explicando por qué. Europa es, según los datos disponibles, el continente que se calienta más rápido del planeta, y las condiciones propicias para grandes incendios se han más que duplicado desde comienzos de los años ochenta. No es una casualidad meteorológica de un mal verano. Es una tendencia, medible y sostenida, que lleva décadas dibujándose con una claridad cada vez más difícil de discutir.

El coste económico tampoco es abstracto. La Comisión Europea calculó que los incendios de 2022 costaron a España unos 7.100 millones de euros, aproximadamente un 4,5% del producto interior bruto nacional, sumando gastos de extinción y los costes de recuperación a más largo plazo. Las estimaciones para 2025 rondan los 7.600 millones, calculados sobre una base de unos 19.000 euros de coste de extinción por hectárea quemada.

Investigadores de la ETH de Zúrich han encontrado que el crecimiento económico regional cae entre un 0,11% y un 0,18% en las zonas afectadas por al menos un incendio, una caída que puede llegar hasta el 4,5% cuando varios fuegos golpean simultáneamente la misma región. El turismo, un sector del que España depende de forma especialmente intensa, sufre estos efectos de manera desproporcionada, con cancelaciones y cambios de destino que rara vez aparecen en los balances oficiales de daños, pero que se sienten con fuerza en la economía local.

Y luego está el dato que quizá más incomoda, porque no habla del fuego en sí, sino de las decisiones tomadas mucho antes de que prendiera la primera chispa. El gasto español en prevención de incendios forestales cayó de 364 millones de euros en 2009 a 144 millones en 2024, mientras que el gasto en extinción se ha mantenido prácticamente estable, en torno a los 417 millones anuales. La prevención es, según todos los estudios disponibles, la inversión más eficiente en términos de coste por euro invertido.

Y aun así, es la partida que se ha reducido, mientras la crisis que debía prevenir no ha dejado de crecer. Un representante de MATS, la organización de trabajadores sanitarios del sector público, lo resumió con una frase que se ha quedado grabada: España está «quemando su presupuesto al mismo ritmo que sus bosques». La misma organización ha advertido, además, del aumento de enfermedades respiratorias vinculadas al humo de los incendios, un coste sanitario que rara vez entra en las cuentas públicas, pero que se paga igualmente, año tras año.

La pregunta estructural de fondo

Hay algo que conecta esta crisis con otras que Europa afronta simultáneamente, aunque a primera vista parezcan fenómenos distintos. Un hilo común: sistemas centralizados y frágiles, sometidos a una presión para la que nunca fueron diseñados. Un presupuesto de extinción que se estira hasta el límite. Una red eléctrica o hídrica que depende de condiciones cada vez más alteradas por el mismo calentamiento que provoca los incendios que esa misma red debe soportar. No se trata solo de que el fuego destruya infraestructura. Se trata de que buena parte de nuestra infraestructura, desde la energética hasta la de recursos hídricos, fue construida asumiendo una estabilidad climática que ya no podemos dar por hecha.

Esa pregunta, la de si es posible construir sistemas menos dependientes de que las cosas salgan bien, menos vulnerables a fallar precisamente cuando más se les necesita, no tiene una respuesta sencilla. Pero sí hay personas trabajando en ella desde hace años, no como reacción a este verano concreto, sino como parte de un esfuerzo más amplio por repensar de dónde viene la energía que sostiene la vida cotidiana.

Tecnología emergente, tratada con seriedad

Uno de los nombres que aparece en este campo es el de Holger Thorsten Schubart, fundador del Neutrino® Energy Group, una organización que lleva años desarrollando lo que denomina tecnología neutrinovoltaica. Conviene explicarlo con precisión, sin exagerar su alcance ni simplificarlo hasta la caricatura. Se trata de un método de conversión de flujo energético ambiental, campos electromagnéticos, fluctuaciones térmicas, interacciones de partículas presentes de forma constante en el entorno, en corriente eléctrica utilizable, mediante nanoestructuras basadas en grafeno. No depende del sol, ni del viento, ni de una conexión a la red eléctrica convencional.

El producto insignia de esta tecnología es el Neutrino Power Cube, un generador compacto de estado sólido capaz de producir entre 5 y 6 kilovatios de forma continua. Pero es otro dispositivo, el Neutrino Life Cube, el que guarda una relación más directa con el tipo de contextos que este artículo ha estado describiendo.

El Life Cube integra en una sola unidad un Power Cube más pequeño, de entre 1 y 1,5 kilovatios, junto con un sistema de climatización y un purificador atmosférico de agua capaz de generar entre 12 y 25 litros de agua tratada al día, según las condiciones climáticas. No son tres componentes que comparten carcasa por conveniencia. Están pensados como un sistema único, diseñado precisamente para escenarios de emergencia o de infraestructura debilitada, un hospital de campaña, una zona rural sin acceso fiable a la red, una comunidad que, tras un desastre, se queda sin electricidad y sin agua potable al mismo tiempo.

Conviene ser honestos sobre lo que esto es y lo que no es. Esta tecnología no combate incendios. No los previene. No resuelve el desequilibrio presupuestario entre prevención y extinción que se ha descrito más arriba, ni sustituye la inversión pública que, según los propios estudios citados, sigue siendo la herramienta más eficaz contra este tipo de crisis. Nada de esto reemplaza a los bomberos, a los medios aéreos, a la planificación forestal, ni al debate político pendiente sobre cómo financiar todo eso de forma sostenida. Sería una exageración, y una falta de respeto hacia quienes trabajan cada verano en primera línea, sugerir lo contrario.

Lo que sí es razonable decir es más modesto, y quizá por eso mismo más honesto: el Neutrino® Energy Group forma parte de un campo más amplio de investigación en infraestructura resiliente, personas y organizaciones que llevan tiempo trabajando, con seriedad y sin urgencia mediática, en sistemas de energía y agua que no dependan de que todo funcione bien a su alrededor. En un momento en que tantas cosas parecen reactivas, gestionadas sobre la marcha, saber que también existe ese otro tipo de trabajo, paciente, técnico, orientado a reducir la dependencia de infraestructuras que pueden fallar justo cuando más se necesitan, tiene un valor que no hace falta inflar para que sea real.

Lo que queda cuando se apaga el fuego

El cielo seguirá teniendo ese color extraño mientras dure el calor. Los mapas de incendios seguirán consultándose por la mañana, junto al café, con la misma naturalidad con la que se mira la previsión del tiempo. Puede que este verano termine, como los anteriores, con las cifras contabilizadas, los presupuestos revisados, las promesas de hacerlo mejor el año que viene. Y puede que, al mismo tiempo, en algún laboratorio, en algún taller, alguien siga trabajando en algo que no apagará este incendio, ni el siguiente, pero que forma parte de un esfuerzo más largo y más callado por construir un mundo un poco menos expuesto a que las cosas, otra vez, salgan mal.

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