Sesenta y dos mil personas murieron por calor en Europa en 2024. España aportó una parte desproporcionada de esa cifra, y lo seguirá haciendo: según el informe Lancet Countdown publicado esta semana en The Lancet Public Health, la mortalidad asociada al calor en el país casi se ha triplicado desde los años noventa, pasando de 47 a 130 fallecidos por millón de habitantes entre 2015 y 2024.
Detrás del promedio hay geografías concretas. Ciudad Real registró el salto más pronunciado, de 8,8 a 27 muertes por millón. En Tarragona, los bebés menores de un año acumularon más de 3.400 días de exposición al calor en esa misma década. Lleida pasó de prácticamente ningún día de alerta extrema en los noventa a ocho por año ahora. Las Canarias, junto a Chipre y Grecia, encabezan en Europa la pérdida de horas laborales al aire libre por temperaturas inasumibles.
El informe, elaborado por 65 investigadores de 46 instituciones bajo la dirección de la Universidad de Heidelberg e ISGlobal Barcelona, no se limita a contar muertos. Documenta cómo el calor está reordenando la biología del territorio.
Valencia lidera la idoneidad climática para el dengue, transmitido por Aedes albopictus. Cádiz y Sevilla resultan cada vez más favorables al Aedes aegypti, el vector del Zika. En Ceuta, el riesgo de brotes del virus del Nilo Occidental se multiplicó por 32 entre el periodo 1981-2010 y la última década, con proyecciones que sugieren otro salto brusco en 2025.
Galicia perdió 275.600 hectáreas de bosque entre 2016 y 2023, la cifra más alta de cualquier región española. Melilla registró el mayor aumento del índice de peligro de incendios, un 13,3%. Los autores señalan el círculo vicioso que esto genera: menos bosque significa menos absorción de carbono y más calor acumulado en el territorio.
A todo eso hay que sumarle el polen. La temporada de alergias ha duplicado tanto su duración como las concentraciones registradas, con consecuencias directas para asmáticos y alérgicos en todo el país.
Los investigadores reconocen que España concentra entre el 10,6% y el 11,3% de la producción científica europea sobre clima y salud. Lo que piden ahora es que esa masa crítica de conocimiento se traduzca en respuestas concretas: alertas tempranas por calor calibradas por provincia, vigilancia epidemiológica reforzada donde los mosquitos ya se han asentado, planes de incendios con recursos reales y políticas de suelo que traten estos problemas como lo que son: caras distintas del mismo fenómeno.
