Había una vez un consenso tan sólido que casi nadie lo discutía: el libre comercio era bueno, la integración económica era inevitable, y el mercado global era una marea que tarde o temprano levantaría todos los barcos. Ese consenso no murió de golpe. Fue erosionándose durante años, entre la desindustrialización silenciosa de ciudades medias, la pandemia que expuso la fragilidad de las cadenas de suministro y el regreso de un nacionalismo económico que muchos creían extinto.
En el siglo XXI, nos encontramos en un punto de inflexión. La globalización, el proceso de creciente interdependencia económica, política y social entre las naciones, se encuentra en un punto de tensión con un resurgimiento del proteccionismo, la política de proteger las economías domésticas de la competencia extranjera.
Vivimos en un mundo donde las fronteras parecen diluirse día a día. El fenómeno de la globalización, que promueve la interconexión y la interdependencia entre las naciones, ha cambiado drásticamente la dinámica de la economía política. Sin embargo, este nuevo orden global plantea desafíos significativos para la noción tradicional de soberanía nacional.